Rastrear la evolución histórica del chaleco no es sencillo: el antepasado lejano del chaleco parece ser el justaucorps, una especie de abrigo largo hasta la rodilla que llevaban los hombres en la segunda mitad del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII.

El chaleco nació durante el reinado del rey Carlos II de Inglaterra, quien incorporo la nueva prenda en el guardarropa real y en sus comienzos era largo hasta que se fue acortando hasta la altura de la cintura. Sus colores pasaron de ser vibrantes a más tenues para que pudiera combinarse con el traje de salón. Además se decoraban con bordados y se creaban con telas lujosas.
El chaleco ayudaba a definir la figura masculina típica del siglo 19: hombros anchos, pecho amoldado y cintura delgada. Años más tarde, la figura masculina cambió a una cintura más natural y menos definida; ayudando el chaleco de nuevo, desabrochando los botones inferiores, creando una cintura más grande.
¿Y cuando comenzaron las mujeres a usar chaleco?
No fue hasta el siglo 20 cuando las mujeres llevaban chalecos con faldas y blusas. Y si pasamos a la época más cercana, durante los años 60 y 70 coincidiendo con los movimientos feministas, las mujeres llevaban chalecos masculinos. Y ya partir de los 80, el chaleco formo parte del armario de la mujer.
Se implantó el uso del cinturón y el reloj de bolsillo fue sustituido por el de pulsera, lo que trajo una deconstrucción progresiva del traje de tres piezas ganando protagonismo una moda más informal, libre y menos encorsetada.

Esta tendencia ha dado lugar a un estilo más informal, donde se viste habitualmente el traje de chaqueta y pantalón, que ha hecho que el uso del chaleco ya no esté ligado a ninguna practicidad: esta emancipación estilística le ha permitido recuperar su propia identidad en el vestuario masculino y porque no, en el femenino.



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